sábado, 22 de junio de 2019

Trigueros del Valle

Apenas recordaba este pueblo.
Nunca antes había sentido tanta curiosidad por observar los materiales, las construcciones y sus callejuelas angostas. Tal vez no haya sido en vano este primer año de arquitectura.
Llegamos a primera hora de la tarde, y entre tanto, anduve husmeando por los alrededores del lugar. Casonas, pajares y algún palomar construidos a base de tapial y mampostería labrada; viguetas y cubiertas de madera acompañadas entre tejas árabes, retocadas en su proa con distintos remates de canecillos. 
Es realmente curioso y emocionante entender de qué manera los materiales y las formas de construir dialogan con la geografía, el paisaje y sus gentes, como si todos ellos formasen parte de un gran grupo simbiótico, en el que el cuidado de la tierra y su fruto regala al hombre la posibilidad de asentarse, construir, realizarse y por encima de todo, ser feliz desde la sencillez de sus manos.
Cayendo la tarde, siguiendo un camino entre callejones y caserío doméstico, se encuentra en la zona más elevada del pueblo, una ermita, muy querida por sus gentes, que data del siglo X, desde donde se dan unas vistas únicas del páramo, los valles aledaños y del pueblo. 
La subida merece la pena.










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