Las familias de la villa asturiana de Llanes suelen pasear por este camino que bordea la costa con maravillosas vistas, sujeta entre colosos acantilados, fruto de milenios de erosión y bravura marítima.
Casi invisible, camuflado entre el paisaje y las conversaciones que acogen el agradable paseo, pude ver, no muy lejos, un viejo pescador. Oficios que uno cree propios de tiempos pretéritos.
Me acerqué a él y pude intercambiar algunas palabras con este señor.
Era un hombre de unos 65 años, extremadamente tranquilo, impasible ante la ferocidad de las aguas. Con solvente pedigrí asturiano.
Ahora no recuerdo bien su nombre, pero si que este hombre era natural de allí, como las mismas piedras. De aquel puerto que durante siglos bebió principalmente de la pesca cómo fuente de riqueza.
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